Si no morimos en plenitud de vida nos haremos ancianos y requeriremos tiempo de nuestros hijos quienes, naturalmente, repetirán lo que nos vieron hacer o dejar de hacer. La decadencia de los años convierte a personas de edad madura en ancianos cada vez más necesitados de ayuda de todo tipo: material, física y psicológica. Precisan cuidados de salud semejantes a los niños, necesitan ternura, sentirse acogidos y amparados.
Los padres de familia jóvenes viven como un camino mágico y muy satisfactorio el cuidar a sus bebés, ayudarlos para subsistir en su absoluta dependencia, enseñarles a caminar y valerse cada vez más por sí mismos. La recompensa es ser testigos privilegiados del desarrollo de los hijos y cómo se convierten personitas. Cuidarlos cuando enferman y seguir puntualmente las indicaciones del médico para que sus males sean bien atendidos es para ellos dar amor y dispensar ternura a un niño. ¡Qué lindo es abrazarlo, mimosear!

















