Parte 2
Los abuelos quieren mucho y de verdad a sus nietos. Ese cariño lleva a saber delimitar perfectamente las fronteras entre el mimo razonable -que hará feliz al nieto sin ninguna complicación- y el mimo que puede resultarle nocivo.
¿Qué pueden los padres por reforzar lo positivo de la acción de los abuelos en lo referente a la educación de los pequeños? Lo primero enseñar a respetar y a querer mucho a los abuelos. Y en esto, como en todo, lo principal será el ejemplo, los hechos, no las palabras.
Un niño de seis años amanece un día con el capricho de no ir al colegio. Mientras la madre lo viste, se organiza la batalla-discusión, no exenta de algún que otro grito de la madre, acompañando al lloriqueo del muchacho. Entra el abuelo: se propone, naturalmente, apoyar a la mamá; pero apenas empieza a hablar, la madre dice: "Déjanos, abuelo, que éste no es asunto tuyo." No entramos ahora en si es razonable o no lo que la madre ha dicho. Pero días después, con ocasión de que el abuelo está corrigiendo al niño sobre algo, éste sale con una música que le ha quedado de aquella escena: "Abuelo, éste no es asunto tuyo."
El ejemplo es siempre decisivo. Si los padres al hablar de los los abuelos ellos ponen calor los niños aprenderán a quererlos. Poner énfasis en la celebración de una fiesta para los abuelos, transmitir alegría porque hoy vamos a ir a casa de los abuelos etc.
Todo esto vendrá acompañado por cuanto hagan los abuelos para inspirar cariño y el lograrlo será bueno, ya de por sí. Pero será al mismo tiempo el mejor vehículo para que el niño acepte la autoridad de los abuelos y la valía de cuanto éstos quieran inculcarles en el orden educativo.
¿Es preciso que los abuelos se fijen unos objetivos en el capítulo de educar a los nietos? Diríamos que esto más bien corresponde a los padres.
A los abuelos toca interesarse, conocer estos objetivos de los padres, y adaptarse a ellos, con lo cual todo será más fácil y así disfrutarán de esa gozosa libertad de dar, sin más preocupaciones, desvinculados de cuanto suponga atenerse a obligaciones serias, aunque se obliguen a no salirse de las pautas educativas marcadas por los padres.
¿Qué pueden dar habitualmente los abuelos en el ámbito de la educación? ¡Tantas cosas! Un tiempo sin prisas, donde el niño se abre en contar cosas, seguro de ser comprendido; donde hará preguntas, para prenderse en las respuestas maravillosas de los abuelos.
Contar cuentos por los que se suelta la imaginación y la fantasía, recuerdos de historias verdaderas sobre una vida de atrás en la que los padres eran niños… y en especial mucho cariño que sirve de campo abonado donde se sostengan las tiernas raíces del alma del niño, para que rebroten en virtudes, en amor a lo bueno.
En la educación de la fe mucho es lo pueden incidir los abuelos, aunque la tarea básica compita a los padres: desgranando en lenguaje del niño bellas historias evangélicas; enseñando oraciones de sabor antiguo; uniendo afectos humanos con amores divinos. El sosiego que emana de las palabras de los abuelos es el mejor marco que encuadra interés de los niños por lo que oyen y es sembrar algo que limpiamente imiten y sientan.

