Parte 1
La posible
acción educativa de los abuelos depende de cada situación familiar por lo que
tiene de irrepetible.
La condición
elemental para que se dé una feliz convivencia -de cerca o de lejos- entre
abuelos e hijos casados es el respeto mutuo. Que los hijos respeten la casa,
las costumbres de sus padres; que los abuelos tengan clara la conciencia del
respeto debido a la familia nueva, creada por el hijo o la hija, en la que,
además, existe una persona -la nuera o el yerno- que vino a integrarse desde
fuera, que merece la máxima consideración, el máximo respeto a su modo de ser y
de hacer las cosas.
Refuerzo
de la acción educativa de los padres
Si
partimos de este criterio, habrá más aciertos que errores en lo referente a la
educación de los nietos. Porque cada movimiento, cada actuación de los abuelos
tenderá a reforzar, del modo más natural, los criterios educativos de los
padres y no a establecer discrepancias entre lo que éstos dicen o hacen con lo
que ellos, los abuelos, hagan o digan ante los nietos.
Esto requiere esfuerzo y preocuparse por estar en la misma línea abuelos y padres
y, a veces la renuncia a las propias ideas, para:
a)
no
interferir, si los padres están sancionando una falta cometida por el pequeño
b)
preguntarle
al nieto, cuando pide que se le compre algo, si la mamá o el papá van a estar
de acuerdo con esa compra
c) darle la razón a los padres cuando los nietos vienen con una queja (y, en el peor de los casos, para no entrar al tema)
Todo
esto es compatible con el afán de darle lo mejor al nieto. Porque lo mejor, en
las situaciones normales de la vida cotidiana, será que él vea una
coherencia en la conducta de todos los mayores, antes que una guerra de
competidores por ver quién lo mima más.
Los abuelos que quieren de verdad a sus nietos, antes que a sí mismos y a su
propia complacencia, saben delimitar perfectamente las fronteras entre el mimo
razonable que hará feliz al nieto sin ninguna complicación y el mimo que puede
resultarle nocivo.
(Continuará)
