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La culpa es de los padres

Los chicos y las pantallas

Autora: Roxana Morduchowicz

Dirige el Programa Escuela y Medios en el Ministerio de Educación de la Nación (Argentina;  es coordinadora de las jornadas Los jóvenes y el cine nacional, de la Academia de Cine.

Nota sobre su contenido

Libro interesante

La familia no puede reducirse a un "tema", una "cuestión", o una "moda". Influye en todas las realidades humanas primarias como el trabajo, educación, sanidad, alimentación, sexo, etc. Y es trasversal a multitud de aspectos de la vivencia humana: las religiones, las ciencias, la política, la economía, la sociedad… Por todo ello, se afirma en verdad, que la familia es la célula básica de la sociedad.

Pero, como ha escrito el papa Francisco, "la familia atraviesa una crisis cultural profunda" y el matrimonio "tiende a ser visto como una mera forma de gratificación afectiva que puede constituirse de cualquier manera y modificarse de acuerdo con la sensibilidad de cada uno". Es necesario redescubrir la familia, analizar un diagnóstico de sus carencias y enfermedades, y ofrecer propuestas de rehabilitación.

Este es el objetivo de este libro y el de los trece expertos en diversas materias que firman sus capítulos. Como afirma en su prólogo monseñor Carlos Osoro –arzobispo de Madrid-, "Encontrar en un único volumen acercamientos tan complementarios a la problemática familiar, y de un modo que conjuga la sencillez en la exposición con la profundidad en los contenidos, resulta quizás la seña más característica de este libro y, espero, que su contribución más valiosa al sueño del papa Francisco de una pastoral familiar renovada". 

 




 

 

¿Sabemos hacer funcionar nuestro matrimonio?


Conferencia del Dr. Cristian Conen en Montevideo
22 de julio de 2011


Algunos jóvenes están descreídos del amor al constatar matrimonios que fracasan. Las separaciones suponen dolor y sufrimiento a los esposos sin embargo los más perjudicados son los hijos porque no podrán subsanar nunca esa realidad trágica. El daño que les produce es mucho mayor de lo que los padres creen.
 
Frente a esta realidad de amores líquidos o frágiles, el gran desafío es la “ecología humana” o cuidado de la persona y sus vínculos familiares. Si bien el desafío trasciende la educación y comprende las políticas de estado que faciliten a los ciudadanos constituir familias, cuidarlas, conservarlas, desarrollarlas y restaurarlas ante su conflictividad normal y anormal, resulta clave educar a las nuevas generaciones para el amor sólido.

Esta educación se basa en tres pilares:

1.    la información o ideas claras acerca de la sexualidad humana íntegra e integrada
2.    la formación o incorporación a la personalidad del joven de valores humanos en forma de hábitos
3.    el liderazgo de los padres y educadores que, a través de una vida coherente, trasmite a las nuevas generaciones entusiasmo por formar una familia.
 
Sin negar las limitaciones humanas, que siempre tienen algún impacto en la armonía de la familia,
estoy convencido de que la gran mayoría vive una felicidad posible. Yo no tengo ninguna nostalgia del pasado familiarmente hablando. Creo que nuestro
tiempo tiene también aspectos muy positivos en relación con la familia, que no
encontrábamos en generaciones pasadas, al menos en forma generalizada. Por ejemplo,
1.    libertad en la elección de la persona con quien se quiere compartir la vida
2.    reconocimiento de la dignidad de la mujer
3.    compartir padre y madre la educación de los hijos
4.    una mayor expectativa de calidad en la relación hombre-mujer desde el punto de vista de la comunicación y la armonía sexual
5.    la amistad entre novios y cónyuges que contribuye a cultivar la relación y a poblar la memoria de buenos recuerdos.
 

¿Cómo hacer para que el matrimonio funcione? El matrimonio es la respuesta natural a la inclinación del enamoramiento: el enamoramiento pide exclusividad, permanencia (que no termine lo que está viviendo), quiere lo mejor del otro y dar lo mejor de sí, pide fecundidad, pueden dar vida a una canción porque era su canción, tienen sus lugares.

El matrimonio es la unión auténtica y natural entre un hombre y una mujer para complementarse, en lo anatómico, afectivo y espiritual, de manera exclusiva, permanente, altruista y fecunda. Es el ámbito que permite la mayor posibilidad de encuentro, de comunión, que eleva la capacidad de amar. Estas son razones por las que casarse.
 
Puedo crear una analogía del matrimonio con un barco velero, con dos timoneles, él y ella.
Hay cosas sobre las que los timoneles tienen influencia y sobre otras, no. Tienen influencia sobre el rumbo: el puerto felicidad. Consiste en seguir un rumbo que nos lleve a profundizar cada vez más una estructura de unión comunitaria, no convivencial ni co existencial. Hay que ir consolidando una estructura de unión donde las partes se encuentren, se enriquezcan mutuamente y vivan una para la otra. Los cónyuges tienen la posibilidad de gobernar el rumbo. El matrimonio no se parece a una balsa, porque la balsa no se gobierna. En nuestra cultura mucha gente cree que el amor no es gobernable.
 

El amor es la reacción y respuesta de una persona a los valores de otra persona. El amor es reactivo, los sentimientos son una reacción de los sentidos a la otra persona. La sensualidad responde a los valores del cuerpo de esa mujer o de ese hombre. La reacción no la provocamos nosotros. Los sentimientos son una reacción a los sentidos que nos provoca la otra persona: las ganas de estar con ella, extrañarla, rechazo. El mundo afectivo y sensual es la parte reactiva del amor. Pero el amor no solo es reacción, es también acción. Esto nos lleva a la conclusión de que uno puede ser responsable de lo que pasa con nuestro amor. Uno puede manejar el rumbo de nuestro barco y esa es la buena noticia.
 
Muchos jóvenes no quieren embarcarse en un proyecto para toda la vida porque creen que el amor es algo “que nos pasa”, sobre el que no tenemos ningún control, tienen una visión reducida del amor y de la sexualidad. No saben que el amor es gobernable.
Nuestra embarcación la podemos cuidar, restaurar ante todas las tormentas de la vida que le produzcan lesiones. Para que la navegación funcione (el barco funciona, el amor funciona), tenemos que ayudar a nuestros jóvenes a construir estructuras de relación sólidas, barcos sólidos.
 
No casa la autoridad ni el papel, ni la ceremonia. El naufragio del amor es porque no se han construido estructuras de relación sólida. ¿Cómo hacerlo? Primero, conocer y elegir la madera correcta para hacer le barco, la madera de la persona; esto no se agota, hay que tener conocimiento del otro en profanidad y que se produzca un encuentro con el otro. El encuentro es cuando dos realidades se cruzan y se enriquecen mutuamente.
 
El matrimonio no es una realidad co existencial, o convivencial, sino comunitaria, encontrándonos con la otra persona y enriqueciéndonos con los valores de la otra persona. El noviazgo es una etapa fundamental para la construcción de estructuras sólidas.
 
Tenemos que conocer la diversidad del hombre y de la mujer. Ambos somos realidades humanas, con los mismos derechos humanos fundamentales, pero diferentes, tenemos una diversidad sexuada. Debemos conocernos para llevarnos mejor. La mayoría de los conflictos vienen por: “no me entendés”.
 
Sucede que el cerebro del hombre y de la mujer son diferentes, tienen estructuras distintas y funcionamientos distintos. El cerebro se divide en cuatro lóbulos: frontal, parietal, temporal y occipital. En la mujer los lóbulos funcionan simétricamente, porque el cuerpo calloso, que conecta ambos hemisferios cerebrales derecho e izquierdo de la mujer es más grande que el del hombre. La mujer entonces piensa lo que siente y siente lo que piensa de forma más integrada. Frente a la pregunta: “¿cómo estás?”, la mujer puede matizar, puede dar nombre a los sentimientos: angustiada, triste, ansiosa, estupefacta. El varón, ante la misma pregunta contesta: “bien”. Por eso la mujer puede conocer mejor la interioridad de las personas.
 
El lóbulo temporal se refiere a la comunicación. La mujer habla entre 10.000 y 14.000 palabras por día, el hombre 4000. La mujer habla más porque transmite sus sentimientos hablando. El hombre transmite datos. La mujer para de hablar cuando se terminó el tiempo, porque tema siempre tiene. Cuando una mujer está hablando con un hombre y se prolonga, llega un momento en que el hombre desconecta y la mujer puede concluir que el hombre no le interesa lo que la mujer le está diciendo. Por eso el hombre tiene menos capacidad de escuchar. Esto no es una nimiedad, sino muy importante.
 
La mujer cuando habla no siempre dice lo que dice. La mujer tiene un gran sentido intuitivo, y creen que los hombres debieran tenerlo pero no lo tiene. El hombre no se da cuenta de los supuestos. Cuando me fui de viaje la primera vez mi mujer me dijo: no me traigas nada, que en lenguaje masculino quiere decir, no me traigas nada. Pero para la mujer significa exactamente lo contrario: traéme algo. Las palabras tampoco significan lo mismo: para el varón “ahorro” significa no gastar dinero; para una mujer significa “gastar mucho en un lugar barato”.
Parte de llevarse bien en el matrimonio consiste en entender las diferencias y ajustar nuestras expectativas.
 
Lóbulo occipital, el sentido de la vida. También oímos distinto: la mujer tiene 10% más de sentido auditivo. Por eso el varón es el que usa la música fuerte. En la vista también hay diferencias: el varón ve focalmente, pero la mujer ve periféricamente. Los varones no encuentran las cosas, aunque están en el estante de al lado.
 
La mujer también tiene el hipocampo más grande, entonces ve más detalles y los recuerda más. A los varones se les olvidan más las cosas, no por falta de interés sino porque tienen una diferencia estructural cerebral.
 
La mujer tiene también más desarrollado el sentido del tacto y vivimos el cuerpo de diversa manera. En los encuentros sexuales hay desavenencias por la ignorancia que existe del hombre y de la mujer hacia el otro por ignorancia del funcionamiento de los disparadores sexuales. Para el hombre es importante la vista: que la mujer esté atractiva. Para la mujer eso no importa. Lo más importante es lo afectivo. Entonces el hombre puede decir: durante el noviazgo ella tenía mucha más disponibilidad sexual. Lo que pasa es que en el noviazgo el varón explotaba más lo afectivo. Pero de casado no, entonces al no usar lo afectivo la mujer no responde a la invitación del varón y el hombre tiende a buscar la disponibilidad sexual afuera y también como la mujer no encuentra el afecto adentro, acaba por buscarlo afuera. Busquemos adentro: hemos elegido a esa persona, aprendamos a hacer funcionar el matrimonio.
 
Otra diversidad es el mundo de la personalidad. Puede ser que nos enamoramos de una persona con temperamento opuesto al nuestro, y eso luego nos complica porque tenemos tiempos y reacciones distintos. Esa causal de divorcio “por incompatibilidad de caracteres” es exactamente lo que nos atrajo de esa persona. Nos atrae lo diverso.
 
La personalidad no se agota en lo caracterológico, sino que también la educación, la salud, el estilo de vida van conformando el carácter del otro.  Las personas pueden ser emotivas o no emotivas, activas y no activas, primarias (piensan y deciden muy rápido, son explosivos) y secundarias (más lentos en resolver, no son explosivos pero en el largo plazo tienen una resonancia más profunda y duradera, son más rencorosos). Introvertidos, extrovertidos.
No necesariamente nos instalamos en nuestro carácter, hay que ponerle algo de ganas, pero el otro debe tener en cuenta el esfuerzo que hace el introvertido para tolerar una reunión con mucha gente y mucho rato y apreciarlo.
 
Hay que entender la madera diversa de este barco para que la navegación marche bien. Es necesario que esta madera engarce, se una bien a la otra, para lo que es importante el pegamento entre las maderas, la unión entre él y ella. El pegamento no lo pone el sacerdote, la ley, el papel o la ceremonia. No viene de afuera: es una savia que mana de las maderas de ese barco a partir de un acto voluntario de ambas maderas, de ambos integrantes. El pegamento pues lo generan los novios con un nuevo acto de amor: entregarse con la medida que pide el enamoramiento: todo con vos y solo con vos y siempre con vos. Esto genera un tipo de unión comunitaria. Alguien descubre que yo valgo tanto que merece que me entregue su vida. Este tipo de unión genera una actitud distinta.
 
La fundación meramente afectiva se basa en el deseo, deseo estar contigo, no toda la vida, sino hasta que no lo desee más, hasta que se me terminen las ganas. Esto es frágil, no enriquece a ninguno de los dos y no resiste ninguna tormenta. Esta es una estructura convivencial. Es diferente a la unión comunitaria conyugal.
 
Estamos hechos para el amor y los que optan por el matrimonio se elevan el uno al otro a través de ese amor, se enriquecen el uno al otro.  Cada persona merece que alguien descubra que tiene un valor tal que se gana el don de que otra le entregue toda la vida, y no que la tenga un tiempo a prueba.
 
Ese es el bien de los cónyuges. El enriquecimiento personal que sucede cuando nos entregamos a otro de forma incondicional para acoplarnos a su personalidad y en un proyecto común. Esto nos genera más capacidad de felicidad. Aunque no nos la garantiza.
 
Tenemos un barco sólido, un conocimiento suficiente de la diversidad de las maderas, un tiempo suficiente en el cual hemos consensuado un proyecto de vida en la diversidad de las personalidades, en la similitud de los valores, hemos emanado de la misma amistad, tenemos la savia que nos une, y estas son las mejores posibilidades de navegar.
Vamos a navegar con instrumentos para no perder el rumbo que vamos al puerto felicidad: la brújula, con 4 puntos cardinales.
 
La felicidad la conquistaremos en la medida que tengamos más comunión el uno con el otro. Una estructura de unión comunitaria como es el matrimonio ofrece las mejores posibilidades para la felicidad porque estamos hechos a imagen y semejanza de Dios, que es comunidad de tres Personas unidas por el amor.
 
Los cuatro puntos cardinales son los atributos de la persona humana. 


1.    Dignidad: lo que vale por si mismo y no es utilizable. Si nos manipulamos podemos perder el rumbo.
 
2.    Identidad: si nos respetamos, respetamos la identidad,  lo propio del otro (somos únicos e irrepetibles). Amar es conocer descubrir el valor del otro para ayudarle a sacarle la mejor versión de sí mismo. Para eso debemos conocernos nosotros y conocer al otro. No hay que buscar proyectar al otro en uno mismo. Conocer sus gustos, sus características, sus preferencias, qué lo hace vibrar, que lo apasiona. Pues, respeto por lo propio de cada uno. No pretender proyectarnos en el otro, vale también para la educación de los hijos. Hasta el momento del consentimiento matrimonial dos, para luego ser uno. Luego del consentimiento matrimonial uno, pero todavía dos. (Juan Pablo II: “El taller del Orfebre” obra de teatro).
 
3.    Intimidad: cuanto menos ponemos en común lo íntimo de cada uno tenemos una unión más pobre se va teniendo vidas paralelas independientes. Hay que compartir la intimidad, dejar entrar al otro al mundo de lo que me preocupa, de lo que siento, de lo que anhelo. Comunicar es poner en común, no solo comunicar hechos, poner en común la vida íntima.
 
4.    Libertad: es el dominio de uno mismo. Para amar hay que ser libre. Amar es darse, para poder darse hay que ser libre. Gobernarse para darse. Si estamos condicionados o limitados, no podemos entregarnos. Los valores consolidan el proceso de la libertad. No es lo mismo ser fiel que infiel, mentiroso que sincero, honrado que ladrón, generoso que egoísta, justo que injusto, casto que lujurioso. El virtuoso será más libre para darse en las virtudes. Las virtudes se trabajan a lo largo de toda la vida. Por eso tiene sentido la mejora personal continua, tiene el sentido de la libertad para amar. Amar es trascenderse, darse.
Hoy, la alternativa a la cultura progresista es el personalismo, la antropología personalista. El centro de todo debe ser la persona humana: tratarnos como personas, no como objetos de uso y descarte.
 
Tenemos que disfrutar más nuestros matrimonios y para eso desarrollar los 10 aspectos del amor matrimonial. Todos empiezan con la letra “A”.
1. Amistad, porque además de esposos, tenemos que ser buenos amigos.  Amigos son los que lo pasan bien: comparten un deporte, un arte, un hobby, ven una película juntos, caminar, viajar. Dicen que los matrimonios se separan cuando en la memoria de él y ella solo hay malos recuerdos. Hay que poblar la memoria de buenos recuerdos. Tener una actividad semanal, una salida semanal.
2. Afecto, es lo que verdaderamente une y consolida la relación. Debemos continuar alimentando la relación recordando que la mujer es sensible al pequeño afecto, con las formas íntimas y personales, un gesto una sonrisa la ayuda al otro.
3. Atractivo físico, no descuidar la estética. Cuidar la belleza, es buen aspecto físico. Cuidar el cuerpo.
4. Armonía sexual, cuidar ese aspecto y conocer cómo reacciona el otro es muy delicado. El encuentro sexual tiene dos aspectos: unitivo y procreativo. Podemos sacarle el mejor sabor al matrimonio utilizándolo conforme a su naturaleza. Desde la libertad respetamos el orden natural que da mayor placer, mayor comunicación y deleite afectivo si no alteramos la fertilidad. Usemos los períodos infértiles para posponer un hijo, usando una sexualidad compartida y ecológica usando un método natural como el sintotérmico (cambio de temperatura, cambio en el flujo mucoso cervical). La integración de todos estos síntomas, otorga el 98,82% de eficacia para postergar un hijo. El sentido unitivo une a los esposos cuando los dos lo viven con placer. Que la pasen bien los dos. Preparar la relación, que el hombre descubra las zonas erógenas de la mujer.
5. Admiración mutua, para quererse y valorarse mutuamente, gratitud hacia el otro: gracias por el trabajo aunque no te gusta y lo hacés por nosotros, gracias por el trabajo de la casa. La mujer es más sensible a los afectos, el varón es más sensible a la veneración, a la admiración, hacia el reconocimiento.
6. Alegría, es decir buenos momentos que generen muchos gratos recuerdos. No vamos a atraer a los hijos al matrimonio si no nos ven felices. No ser la familia Ingalls, pero que nos vean disfrutarnos, que vean abrazarnos, que estamos alegres, que nos manifestamos la ternura
7. Ahora. No hay que postergar nada para la jubilación quizás no lleguemos: ser felices juntos hoy y ahora. Esto hay que programarlo porque la vida nos pasa por arriba. Programarlo con anticipación. Poner fechas. Y no posponerlo
8. Aquí, en nuestros hogares, que a veces no aplicamos los mismos criterios de éxito que aplicamos en el trabajo: apliquémoslos también para la familia. Poner inteligencia para cuidar el matrimonio.
9. Aceptación, pues hay cosas que podemos cambiar y otras que no. El temperamento no lo podemos cambiar: podemos adaptarnos, debemos aceptar lo que puede modificar y lo que no puede cambiar.
10. Acción. El amor es verbo, es acción; no son mariposas. Para hacerle el bien a alguien hay que actuar. Primero hay que identificar todo lo que hace la vida agradable para dárselo y todo lo que le hace la vida desagradable para evitárselo. A veces pasan años y uno no ha identificado las tres cosas en las cuales uno sistemáticamente le hace la vida desagradable al otro y en contraposición identificar las tres agradables para ofrecérselas.
En la vida matrimonial a veces hay calma chica, el viento del entusiasmo se acaba. La afectividad por el piso. Es hora de prender los motores de la voluntad, porque este barco tiene dos motores, como tiene dos timoneles. Hay que activar la actitud fundamental, que es el querer querer, porque amantes son aquellos que solo se quieren; cónyuges son aquellos que además de quererse, se quieren comprometer a quererse.
 
También hay instancias de la vida que escapan a nuestro control: las inclemencias climáticas, circunstancias sociales, laborales, de salud. Pero hay 5 acciones voluntarias que permiten superar conflictos:

1.    Humildad. La verdad sobre uno mismo: puede no ser humilde porque se sobrevalora o se infraestima. Uno tiene fortalezas y debilidades.
2.    Misericordia: la misericordia se compone de dos palabras: una viene de miseria y la otra de corazón. Es tratar con corazón los defectos y miserias de nuestro cónyuge.
3.    Paciencia. Es la ciencia de la paz. Es dar crédito ante la limitación, ante el defecto, ante el error. ¿Hasta cuándo? Hasta el momento que te gustaría que te lo dieran a vos.
4.    El perdón. Dicho verbal y no verbalmente. Un perdón real. El perdón no es algo afectivo. Uno puede perdonar llorando de dolor por lo que hizo el otro. Es la decisión voluntaria de no odiar, de no ser resentido.
5.    Rectificar. Cuando uno se equivoca hay que conjugar ese verbo.
 
Estas acciones son el motor del barco. Cuando hay tormentas, incluso cuando hay un huracán, el de la infidelidad. A veces ante una crisis matrimonial, ¿tiene solución? Hay dos palabras que fundamentan el optimismo en la restauración: el si quiero de los dos. A veces es dejarse ayudar, pero la voluntad humana es poderosa.
 
El barco además de dos motores tienen dos timones: la inteligencia complementaria para buscar una solución. El hombre tiene una inteligencia deductiva la mujer más inductiva. La mujer ve detalles, pero los hombres ven más los fines y objetivos.
 
El barco tiene una línea de flotación. En el matrimonio la línea de flotación es la confianza. Un agujero en la confianza puede generar un rápido naufragio. Esto merece el cuidado especial. Cuando hay confianza la comunicación se optimiza, se fía del otro, cuando se desconfía, trastornamos el proceso de comunicación y empezamos a ocultar porque empezamos a suponer.
El barco tiene un ancla, para descansar, para tener seguridad. El ancla es la priorización compartida de nuestro matrimonio respecto de otras realidades, por ejemplo de las otras familias. 

Muchos conflictos matrimoniales se deben que en algún momento de la navegación sube al barco la suegra de ella, la esposa y la madre de él compiten. Primero el matrimonio y si es el cumpleaños de él, y viene la madre con la torta preferida e invita a él a cenar. Habrá que decirle: mamá gracias por la torta, mañana te voy a visitar y te como la torta, pero hoy voy a cenar con mi esposa. Lo mismo con los hijos: segundo los hijos, primero la esposa.
 
Hay esposos que cuando se casan se distribuyen los roles: vos cuidas a los chicos, yo me encargo del trabajo. Los hijos necesitan del modo de autoridad y de ternura masculina y del modo de autoridad y de ternura femenino que no es mejor ni peor para la armonía de su desarrollo. Hoy se comparten las tareas dentro de la familia y fuera de casa. Por eso hay que compartir las tareas del hogar, el padre y la madre deben organizarse para hacer todas las tareas.
Debemos encarar el trabajo según una cultura familiar y no una cultura individualista. No son individuos que trabajan sino padres y madres, esposos, hijas, somos personas. Por lo tanto hay que integrar la familia y el trabajo.

No soplan vientos a favor del matrimonio. Tenemos que mantener económicamente a la familia porque muchos matrimonios no saben compartir un presupuesto familiar. Gastos fijos, variables, ingresos fijos, gastos necesarios, la cuota de la tarjeta de crédito. Que gasto fijo podemos eliminar, que gasto variable podemos reducir…

La síntesis es que nuestra navegación sea lo más armónica posible, que no perdamos el rumbo. Para eso se necesitan estructuras sólidas, conocer la madera, seguir conociéndola, uno no agota ese conocimiento en la etapa de construcción, nunca. Solidificar con savia que generan las mismas maderas con un acto voluntario de entrega total. Una vez botado el barco al agua, el barco tiene una brújula que conduce al puerto felicidad. Los puntos cardinales de esta brújula son los atributos de la persona humana, dignidad, respetar la dignidad, intimidad, libertad y libertad para amar en sus dos movimientos, darse y recibir.

Con el velero recogemos el viento de los afectos para disfrutar de la navegación, saber manejar las velas para impulsarnos a navegar en los 10 aspectos del matrimonio. Cuidar la línea de flotación del barco, la confianza, asegurarse antes de empezar a navegar que tenemos el ancla, el compromiso común conyugal y familiar; debemos coincidir en un valor sí o sí, en la priorización de nuestra relación sobre otras relaciones. El barco tiene un área de mantenimiento para compartir el cuidado del barco, trabajamos los dos porque los hijos nos necesitan a los dos. El tema económico es importante también, compartirlo y las decisiones en relación al dinero.
Prendamos los motores cuando los afectos decaen y merma el viento, usar la inteligencia de nuestros timoneles.

Aun así la navegación no es perfecta porque somos seres limitados, por lo tanto, para que el matrimonio funcione hay otra clave: esposo + esposa + Jesús. Es subir como capitán al gran lobo de mar, al que se las sabe todas, al que diseñó el barco y el más interesado en que lleguemos al puerto felicidad. No se casan solo los católicos. Los bautizados recibimos es que Jesús se sube al barco el día de nuestro matrimonio. Es muy importante consultar a través de la oración, alimentarse con su sabiduría con la eucaristía, rectificar el rumbo con el sacramento de la confesión. Eso da mucha serenidad y paz saber que el matrimonio es una realidad gobernable y que tenemos en el barco a un gran almirante que es el primer interesado en que nuestro matrimonio navegue con éxito. El amor no es una realidad que viene y se va, sino que es controlable y llevable a la felicidad. Por todo esto vale la pena casarse.

 

 

La Cadencia del Amor


Sergio Sinay responde a una carta




Señor Sinay:


Reflexionando sobre el hallazgo de del amor en la edad madura, y revisando las distintas experiencias de las personas en este tema, mi inquietud pasa por esas necesidades latentes que- un vínculo de 25 años, donde hay estabilidad e hijos, de pronto, sintoniza con otra persona en cuestión de días, como si la sintonía de un dial finalmente hiciera claro el sonido del programa de radio. Lo impactante es que ese sentimiento no le había sido develado siquiera al que lo siente, solo en el contacto con ese nuevo amor.


¿Esta vivencia se relaciona con el desgaste natural de una larga relación? ¿O será que todos guardamos un secreto muy íntimo que se activa a veces en una edad y momento en apariencia inoportunos? ¿Pueden considerarse distintas clases de amor, todas válidas?

Irene. 50 años.

RESPUESTA de J. Sinay


Nuestro planeta tiene siete mil millones de habitantes, todos distintos. No hay dos iguales. Toda relación se dará entre individuos diferentes. Y en esas diferencias reside el potencial del amor. Norberto Levy, médico y psicoterapeuta que abrió el campo de la auto asistencia psicológica,
reflexiona en Aprendices del amor: “Una de las leyes que el amor conoce es que un miembro de la pareja matrimonial puede de estar bien en la medida en que la estructura del “nosotros” lo está.

Esa es la cuestión: integrar la diversidad en un todo armonioso que se potencie a sí mismo. Para
cada matrimonio esta tarea es única y propia, cada relación de amor es singular. Cuando una persona permanece demasiado tiempo en un todo inarmónico es muy posible que se active eso que nuestra amiga Irene llama "un secreto muy íntimo".


Dicho así parecería que algo mágico ocurre y disipa la penumbra afectiva. Sin embargo, yo no lo llamaría "hallazgo del amor". En mi opinión, el amor no es algo que se halla, como quien tropieza inesperadamente con una piedra preciosa. El amor es una construcción, el fruto de una secuencia de actitudes mutuas y recíprocas entre dos personas. Actitudes que incluyen miradas “nuevas” sobre el compañero o compañera de “siempre”, capacidad de escucha receptiva y hospitalaria hacia él o ella, palabras que incluyen pedidos claros respecto de las propias necesidades y ofrecimientos empáticos y comprensivos en cuanto a las del otro. El amor no se resume en formalismos (construir una familia, mantenerla materialmente abastecida, cumplir con expectativas sociales y familiares, asegurarse contra los imprevistos) ni en formulismos (aplicar recetas de experiencias ajenas y esperar resultados automáticos). Crece a través de obstáculos y conflictos inherentes a la vida, se templa en la confrontación con los mismos y hace de esas instancias un punto de reconocimiento entre quienes se aman. Les permite volver a conocerse (una vez más, pero no la última) bajo una luz inédita. No aparece de pronto. Se cuece a fuego lento, necesita espacio, paciencia, aceptación. Distinto es el enamoramiento, esa explosión emocional hecha de idealización, ilusión y desconocimiento.


Toda relación tiene un desgaste natural, puesto que es un organismo vivo. Pero si sólo nos quedáramos con eso, estaría condenada desde su mismo inicio. Pero un vínculo en el que hay actitudes amorosas tiene también una renovación natural. Tendemos a quedarnos (bebiendo en alguna literatura, cine, telenovelas y cierta psicología circulante) con la idea del desgaste y no con la renovación. Creemos que el gran amor nos espera afuera del vínculo y no en la cotidianidad del mismo. Hasta que el gran amor se hace, a su vez, cotidiano, real, y se desgasta. Sin duda hay deterioros irreversibles en muchas relaciones. Pero no se resuelven con el parche de un nuevo amor. Una construcción amorosa no se da instantáneamente, y menos aún sobre los restos humeantes del vínculo anterior. Se foguea en el conocimiento, en la aceptación de diferencias aún desconocidas (o en su rechazo irremediable), en la confrontación de situaciones difíciles, en la forja de proyectos comunes que no anulen espacios individuales. A ninguna edad el amor nace de un repollo. Requiere espera y compromiso, huye de la ansiedad y de la magia. Hay distintas experiencias del amor, pero ninguna prescinde del tiempo, de las actitudes, del conocimiento mutuo entre quienes se aman. El perfil del verdadero amor es bajo y tiene raíces profundas, está en el fondo quieto del río, no en su veloz y turbulenta superficie.



Publicado en La Nación. Buenos Aires, 26 junio 2011

Los cinco lenguajes del amor (parte 1) 


Gary Chapman (nacido en 1938) es asesor de relaciones, director del Matrimonio y Vida Familiar Consultores, Inc., Licenciado en Artes (BA) de Wheaton College y Master of Arts (MA) y en Antropología de la Universidad Wake Forest.


Es conocido por su concepto de "los cinco lenguajes del amor,” elaborado para ayudar a un continuo crecimiento del amor matrimonial.



Esos cinco lenguajes del amor son:



1. Tiempo de calidad (escuchar con atención, realizar paseos, viajes juntos)

2. Palabras de afirmación (reconocer logros, elogiar, dar ánimo)

3. Regalos (flores, joyas, poemas, libros)

4. Actos de servicio (lavar el auto, cortar el césped, preparar la comida)

5. Contacto físico (tomar la mano, dar abrazos, caricias, besos)



El libro presenta una perspectiva muy provechosa de las relaciones humanas y de un obstáculo posible de encontrar: el que, siendo individuos únicos e irrepetibles posiblemente ni aún con aquellos que son más cercanos coincidamos en nuestras formas de expresar y percibir amor. ¿Qué sucede con los idiomas en nuestro entorno humano? Que si solo hablamos un lenguaje no podemos entendernos con otros. Si comenzamos o hemos estudiado un poco de una segunda lengua, sabemos palabras, frases, pero no expresamos sentimientos, opiniones con los matices o naturalidad de nuestra lengua materna. El aprendizaje más profundo de otros lenguajes permite la expresión fluida y el intercambio de ideas. Eso es lo que sucede en el amor. Publicamos hoy un extracto de la descripción del enamoramiento y de la experiencia del flechazo.



Alguien puede esforzarse en decirle a su esposa que está preciosa, que aprecia su trabajo, etc. pero para ella puede ser que le llegue mejor el mensaje si,  en vez de expresarlo verbalmente, el marido dedica tiempo a conversar con ella, si intercambian opiniones, respeta y admira sus ideas, y todo eso en momentos de calidad, no con frases telegráficas mientras mira la tele.  En este ejemplo, el lenguaje de él es tan diferente al de ella como el chino del francés.



¿Por qué cada uno tiene “su” lenguaje del amor? Porque la herencia y la primera educación son individuales, son las “nuestras”. Raramente en un matrimonio los dos hablan de forma natural el mismo lenguaje en términos de amor.



Cada persona tiene una preferencia individual por uno de los cinco posibles lenguajes del amor. Importa mucho identificar el que el cónyuge prefiere y valora ya que así resulta mucho más fácil para los dos expresarse del modo más acertado para ser correspondido. El objetivo de este libro es ayudar a descubrir cuál es el lenguaje primario del cónyuge y ayudar a expresar el amor en ese lenguaje. Considerar cómo, dentro de una relación, cada persona tiene un tanque de amor. Cuando este tanque se vacía, hay riesgo que la relación enferme y se termine. Pero si las dos personas entienden y usan los cinco lenguajes del amor, esos tanques pueden estar llenos para siempre.



Cuando conocemos a alguien cuyas características físicas y trazos de personalidad producen una descarga eléctrica que pone en marcha la maquinaria del amor, salta la alarma. Deseamos conocer más de él o de ella. Después de las primeras salidas puede que todo ese entusiasmo se diluya o que se incremente. Cuando tenemos certeza de que es recíproco entonces llegan los fuegos artificiales y la euforia de estar enamorado. Es un estado de obsesión emocional hacia otra persona. Nos dormimos pensando en él o ella y nos levantamos igual. Lo que más deseamos es estar juntos y cuando estamos es como estar en el paraíso. Una caricia, una palabra, son suficientes para rebosar de emoción.



Delante de ese sentimiento de amor cualquier defecto o circunstancias adversas son rechazados o minimizados. Intelectualmente no podemos evitar de reconocer que no somos perfectos, que no todo va a ser de color de rosa, pero nuestro sentir es tan poderoso que solo deja cabida a la seguridad de una relación pletórica.



La realidad es que la absoluta mayoría de personas entran en una relación matrimonial a través de la experiencia de estar enamorado. No obstante la idea de estar enamorados de esta manera para siempre es, simplemente, una fantasía. Dr. Dorothy Tennov, psicóloga conocida por sus estudios en esta área, después de muchos análisis concluye que la media de vida de una obsesión romántica son unos dos años después de los cuales todos volvemos a poner los pies en el suelo. Descubrimos que el otro no solamente tiene defectos, sino que es capaz y a veces parece que lo logra, de herirnos voluntariamente. Entonces… bienvenidos al mundo real, donde la ropa sucia no va sola al lavarropas, donde los conflictos son con fuego real y no como en las películas.



¿Qué ha pasado con el amor, o mejor dicho con la experiencia de enamoramiento? ¿Es un truco de magia de mal gusto donde sin saber las consecuencias nos hemos encadenado de por vida? ¿Es que el enamoramiento no era real? Sí, seguro que fue real, pero quizás necesitaba un poco de información adicional.



Si el mundo entero estuviera bajo la experiencia de estar enamorado no funcionaría. El trabajo, los estudios, los impulsos empresariales, no tendrían fuerza para prosperar si todos estuviésemos en esa “obsesión.” Cuando estamos enamorados pareciera que nuestro egoísmo ha perdido su poder sobre nosotros, vemos en el otro que todo su corazón está inclinado con amor hacia nosotros.



Cuando pasan esos dos años y el enamoramiento se enfría, los deseos parecen surgir con una individualidad desconocida que en ocasiones choca con los deseos del otro. Poco a poco se pierde esa sensación de intimidad y da la impresión de avanzar por caminos diferentes.



Hay tres razones para demostrar que “estar enamorado” no es amor. Primero no es amor porque no es un acto de la voluntad o de una elección consciente. El enamoramiento no se planea, sucede. En segundo lugar, en enamoramiento no es amor porque es una experiencia sin esfuerzo.



Cualquier cosa que hacemos estando enamorados no requiere ninguna disciplina o dedicación por nuestra parte. Todo lo hacemos en la “euforia” que experimentamos, opuesto al esfuerzo de hacer algo que no deseas pero lo haces en bien de otro. Y en tercer lugar el enamoramiento no es amor porque en realidad no se busca el crecimiento del otro sino que estamos embobados por la reciprocidad de una atracción muy satisfactoria. Ese sentimiento nos lleva a creer que ya estamos en el apogeo de la felicidad: la persona amada no precisa progresar puesto que ya es perfecta. Deseamos simplemente que se quede a nuestro lado.



Si el flechazo no es pues aún amor maduro ¿qué es?  El Dr. Peck lo define como “un componente instintivo del comportamiento sexual“. En otras palabras, el colapso del egoísmo que sucede en el enamoramiento es una respuesta estereotipada de los seres humanos que se corresponde a unos deseos sexuales y a unos estímulos exteriores que sirven para aumentar la probabilidad y facilidad de la supervivencia de las especies.”



Estemos o no de acuerdo con esa definición los que hemos experimentado estar enamorados seguramente estaremos de acuerdo en que el sentimiento nos catapultó a una órbita emocional diferente a todo lo que habíamos experimentado. Tiende a disminuir nuestro énfasis racional y a veces nos encontramos haciendo cosas que no haríamos sin estuviéramos más sobrios emocionalmente.



Frente al enfriamiento de esta experiencia de estar enamorado la sociedad nos ha dado algunas alternativas, y quizás poco recomendables:



a)         Una es estimar que nos equivocamos, que eso no era amor en realidad y necesitamos buscar ese sentimiento con otra persona.



b)         Otra opción es la de vivir emocionalmente con la respiración artificial de las telenovelas, un poco resignados a que nuestra realidad es inevitablemente amarga.



c)         Otra postura es la del cinismo emocional, “nadie es perfecto” “todos tenemos problemas” donde rechazamos cualquier ayuda, quizás por un poco de temor a sentirnos inferiores.



Pero hay otra opción: podemos reconocer la experiencia de estar enamorados como lo que es, una experiencia eufórica y emocional, y si eso se ha enfriado, entonces vamos a forjar “amor real”, un amor maduro.  Se trata de quitar el idealismo o la irracionalidad del enamoramiento para que ahora por elección, con esfuerzo si es necesario, dirigir nuestros afectos al crecimiento personal y a la satisfacción del otro. Necesitamos encontrar satisfacción en los esfuerzos que benefician al otro y no en la complacencia egoísta de sentirnos amado. Necesitamos disfrutar en que el otro logre sus deseos y no en satisfacer los nuestros.



Cuando la euforia ha pasado y somos conscientes de nuestras diferencias, no debemos sentirnos satisfechos porque cuando estábamos enamorados hicimos esto o aquello, sino de ser capaces de renunciar a un gusto personal por ir con ella a ver vidrieras, eso sí es una expresión de amor.



El amor no es un sentimiento aleatorio sino una elección consciente. Frente a esta definición de amor se podrá objetar que es demasiado fría o estéril.  Echamos de menos la chispa de esos primeros encuentros. La realidad es que la aceptación mutua consciente de nuestras diferencias, la elección y trabajo de amar para satisfacer al otro, produce una intimidad y una confianza superior y mucho más profunda.



El enamoramiento a menudo es casual, donde la euforia ensalza la ilusión por encima de la razón y la realidad, y donde el mayor fundamento es la reciprocidad emocional.



El fuego de haya es mejor que el de sarmientos aunque cueste más encenderlo


 
Sobre la convivencia en el matrimonio

Este es un interesante párrafo que describe algo por lo que suelen pasar   todos los matrimonios al empezar a convivir. Del libro de Luis Ignacio Seco Chesterton: Un escritor para todos los tiempos.

G. K. Chesterton (1874-1936) es un clásico de la literatura británica y probablemente el escritor inglés más citado de nuestro siglo. Novelista, poeta, autor dramático, creador de relatos policíacos, ensayista, articulista, charlista radiofónico, crítico literario, pensador político, filósofo, conductor de debates... No hubo género literario que él no tocase con originalidad y maestría. En su juventud de espíritu está el verdadero secreto de su permanencia. Contrajo matrimonio con Frances Blog (1901–1936).    

"La complicación con que se encuentra la recién casada Frances en su piso de Battersea no es, por esperada, menos laboriosa. Los contrastes de la pareja no vienen dados sólo por la altura y el volumen respectivos, sino por muchas cosas más. Ella es sobria por naturaleza, bebe té yagua y come lo justo para sobrevivir, sin más exceso que

las chocolatinas en ocasiones especiales; a él en cambio le encanta probarlo todo, si es posible en grandes cantidades y bien rociado con cerveza y con vino.

Ella es práctica, precisa y ordenada; para él sólo existen sus pensamientos y, a pesar de su buena voluntad, estropea todo lo que toca. Ella es previsora y él, más que al día, vive al

segundo cuando consigue salir de la eternidad de su nube. Ella es puntual y él no tiene idea del tiempo. Ella es cuidadosa con el vestido y con todo lo demás; él sigue siendo un desastre, y puede ir de cualquier modo sin enterarse. Ella es de constitución débil, con problemas reumáticos y de columna vertebral; él rebosa desafiante buena salud y vigor vital. Ella disfruta con el campo y las flores; él es urbano al cien por cien y aunque ame los paisajes, las únicas flores que reconoce son las rosas, por evidentes, y los alhelíes, que Frances le enseñó a identificar.

Mientras Frances procede de una familia en la que cada uno ha debido valerse por su cuenta desde la infancia, él se peinaba y cepillaba cuando no había más remedio, iba al sastre a la fuerza acompañado por su madre, no tenía asignación fija que administrar, gozaba con la anarquía y nunca se había sentido obligado a regresar a casa a una hora determinada.
Lo que nadie podía discutir a Chesterton era su enorme capacidad de trabajo, manifestada en un cerebro en permanente actividad. Tenía siempre en marcha varias cosas a la vez y las iba sacando adelante con espectacular facilidad: artículos, ensayos, poemas, cuentos, novelas... 


Seguía leyendo con gran avidez y cuando acabó con todos sus libros en Battersea, tuvo la fortuna de conocer aun vecino con una enorme biblioteca que quedó admirado de su facilidad de asimilación: «En tres horas -llegó a decir- era capaz de absorber las ideas-clave de toda una estantería de libros». Claro que luego era siempre Frances la encargada de devolver los préstamos, excusándose por la tardanza o por los eventuales desperfectos. Como era ella también la que no paraba de poner orden en el pequeño despacho, la que le recordaba varias veces al día sus compromisos (a pesar del tablero del salón) y la que le preguntaba una hora antes del tiempo establecido para la entrega si había terminado ya su artículo para el «Daily News», segura de que en ese mismo instante se pondría a escribirlo contra reloj.

Frances sabía bien lo difícil que resultaba convivir con un genio, pero conocía mejor que nadie la bondad profunda, la igualdad de ánimo y el buen humor de aquel grandullón e inocente personaje, siempre optimista e incapaz de decir no a nadie.


A pesar de todo la convivencia funcionó desde el primer momento por la calidad del amor que se profesaban y por el conocimiento bien probado de sus limitaciones.

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