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13 mayo 2018

La feliz experiencia de la maternidad

En nuestro país vivimos comercialmente un mes de la madre y en él, un domingo concreto conmemoramos -como en otros países- la innata disposición de las madres de amorosa acogida: esa actitud natural -no cultural- insustituible por su valor para cada persona.
Las primeras celebraciones del Día de la Madre datan del siglo II a.C. En la mitología griega, la diosa Rhea, hija de la Gea y Urano desposó a su hermano Cronos: de ellos descienden seis dioses olímpicos. Cinco
fueron devorados por su padre al nacer pues, según el Oráculo, uno de ellos lo iba a derrocar. Rhea ocultó al último, Zeus, y lo crió en secreto. Mientras Zeus crecía los sacerdotes Coribantes hacían resonar cascabeles y címbalos para que Cronos no escuchara su llanto.

 La grandeza de la maternidad no conoce fronteras ni culturas. A lo largo de la historia se adecuó su conmemoración a diferentes tradiciones. El moderno Día de la Madre fue creado en 1870 por Julia Ward Howe, en honor de todas las madres ¿acaso ser mamá no participa

en algo del divino poder creador? La experiencia inefable de gestar una nueva vida durante nueve meses cerca del corazón, agranda la capacidad de incondicional entrega femenina.
 

En el libro "Mil soles espléndidos", Khaled Hosseini ambienta en Afganistán a una sufrida mujer que vive la experiencia de ser madre. Como las mujeres de todo tiempo y lugar "no puede evitar que las manos se le vayan con frecuencia al vientre. Piensa en quien crece en su interior y la felicidad le invade como una ráfaga de viento". El niño muere en su seno a pocas semanas de concebido y ella propone al padre un funeral por el bebé: "No quiero olvidarlo. No me parece bien que no se señale su pérdida de una forma permanente". Alguien intenta consolarla: "tendrás más hijos, eres joven". Imposible: su congoja no es abstracta, llora por un bebé concreto que la ha hecho feliz durante un tiempo.
 

Las madres que han sufrido un aborto conocen algo de esta misteriosa simbiosis física, afectiva y espiritual cuyos efectos no se borran nunca por más que el niño no llegue a desarrollarse más que unos pocos centímetros.

Ciertamente el sonido de ese nuevo corazoncito en la primera imagen ecográfica tiene para la mujer algo de la emoción de una diosa: un dulce sobresalto. La paciencia con las molestias del embarazo ¿qué es sino participación de la eternidad del Olimpo? Los estados emocionales por los que una madre transita en las horas del alumbramiento ¿no asemejan a un éxtasis a la vez doloroso y feliz?
 

La explosión de alegría ante el primer llanto recuerda el sonar de címbalos y cascabeles de los Coribantes mitológicos no para ocultar al niño sino para proclamar a los cuatro vientos: ¡nos ha nacido un hijo!

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