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15 julio 2014

Como una frutera surtida



La ansiedad de acertar en la crianza y educación de nuestros hijos lleva a algunos padres a desear y buscar “recetas” para tratar al mayor, al de en medio, al hijo único etc. Sin embargo lo que más influye en todos los hijos sea cual sea el lugar que ocupen en un orden de llegada, es
evitar ser uniformados. La buena y efectiva educación familiar
es la que tiene más en cuanta la individualidad de cada hijo, su temperamento y carácter, sus fortalezas y hándicaps y también, cómo no, si es varón o niña.  Solo si los padres se esfuerzan en tratar a cada uno en serio y no a todos “en serie” crecerán con un autoconcepto armónico y positivo.


Para que cada hijo encuentre su lugar en la familia y se sienta a gusto y feliz en él, los padres han de conocer muy bien -por la observación contrastada de padre y madre- sus sentimientos, reacciones y emociones. Y sobre todas las cosas, tener criterios certeros más que recetas prefabricadas.



La condición natural de “ser hermanos” se da cuando los chicos son hijos del mismo padre y la misma madre, situación que facilita acertar como progenitores. Sin embargo no podemos cerrar los ojos a la realidad dada la plaga de las separaciones. En las familias “compuestas”  también se suelen designar “hermanos”
a aquellos chicos que viven juntos sin tener los mismos progenitores. Esta situación no reviste todas las notas de la fraternidad natural y exige unas pautas de educación adecuadas a su situación. Hoy hablamos de la educación de los hermanos de sangre.



Por ser la familia el ámbito natural en el que adquirimos nuestra identidad y construimos nuestra autoestima, la presencia de los padres, su “hacer “ o “dejar de hacer”, reviste una importancia capital en el desarrollo de una personalidad sana y equilibrada.  Su influencia no es la única: también cuenta la presencia o ausencia de hermanos.



Estudiosos, libros y revistas especialidades, suelen asignar roles estereotipados al lugar que cada hijo ocupa en sistema familiar. Así se considera que sí o sí, el mayor es “autoritario”. El de en medio -el hijo “sándwich”- tiene que luchar para ganarse su lugar y el “benjamín” sería un malcriado.


Ludwig von Bertalanffy[1] en su teoría de los sistemas aplicados a la familia afirma que ésta no es una simple suma de personas: es un sistema unitario con subsistemas. Uno de ellos es el subsistema fraterno al que otorga gran relevancia. Porque, en la infancia, es muy positiva la influencia de los hermanos tanto en el proceso de socialización como en la crianza sin caprichos y aprendiendo a compartir. Estos aspectos, llegada la adultez, en el momento del relevo de generaciones, el hijo único puede notar la carencia del apoyo moral y emocional de tener hermanos.


En la primera y segunda infancia, surgen espontáneamente normas que se ponen entre ellos a través del juego, del uso del baño, de tener que compartir el armario, el cuarto o los juguetes, y sobre todo de tener que compartir el mismo papá y la misma mamá. Al principio el niño puede sufrir cuando comprueba que su mamá se pasa horas unida un nuevo bebé al amamantarlo, o que sus tíos y abuelos que antes lo buscaban a él apenas entraban a su casa, ahora van directo hacia el bebé.  Este desfasaje de atención es bueno, aunque nos parta el corazón ver su carita de tristeza. ¿Por qué?  Porque se van acostumbrando a que, en la vida, no recibirán toda la atención de todo el mundo y siempre.

Los chicos crecen emocionalmente sanos en la medida en que se les brinde cariño incondicional, libre de comparaciones con los hermanos y basado en la aceptación de sus limitaciones y talentos únicos y particulares. ¿Acaso la manzana no tiene propiedades de las que carece la banana y viceversa?



Continuando con el símil alimenticio de la frutera, la variedad de caracteres y situaciones en los hijos, supone una riqueza. ¿Qué se aprecia más, una frutera llena de sólo naranjas u otra surtida además con bananas, mandarinas y manzanas? La diversidad hace que cada fruta se destaque y enriquezca al conjunto. En una familia son igualmente importantes cada uno de los hijos por su irrepetible individualidad. Lo verdaderamente determinante es el modo cómo los padres tratan a cada uno. ¿Qué pueden hacer, cuando tiene mucho trabajo, para que cada hijo sienta su valor incondicionado? Enfrentar generosamente la falta de tiempo y lograr unos momentos en exclusiva para cada uno ya sea al ir a la cama o para dar un paseo, escuchar sus cuentos con verdadero interés o respetar sus silencios. No necesitan reclamar nuestra atención si perciben nuestro interés por ellos al reconocer sus aciertos o señalar firme y cariñosamente lo que debe mejorar.

Los padres descubren muchas cosas de cada uno de sus hijos diálogos serenos mate por medio, y comparten los modos complementarios, femeninos y masculinos, de enfocar las necesidades y progresos de cada una de las “frutas” que engalanan la mesa familiar.



El primer sentimiento de un niño ante la exclusividad de la mamá, no suele ser con los hermanos sino que aparece cuando descubre que a ésta le gusta hacer otras cosas y estar con otras personas además de con él, por ejemplo, con su papá. Aceptar este triángulo ya supone un crecimiento emocional, si en esta situación colaboran padre y madre y asumen que no es malo que los niños sientan celos. Estos son una emoción, y las emociones, por definición son pasajeras. El niño pequeño no es consciente de lo que le está pasando. Como toda emoción pueden desaparecer o acendrarse en algo pasional y de difícil manejo pero desaparece con el paso del tiempo cuando comprobamos que no hay motivo para darle cabida.



Con frecuencia se cargan excesivamente las tintas sobre conflictividad y posibles crisis de celos entre hermanos. Pueden existir, ciertamente, pero sin olvidar la positiva funcionalidad de la relación fraterna en la futura inserción personal, laboral y social de cada chico. Cierta competencia entre hermanos por obtener el cariño de los padres es normal. El grado de normalidad depende de las actitudes de los adultos para mantener la paz del hogar.  Si durante un embarazo han hecho participar a todos los hermanos en los preparativos para la llegada del nuevo bebe; si los niños han escuchado latir su corazón y han sentido sus pataditas es más llevadero el conocido síndrome del príncipe destronado que Miguel Delibes hizo famoso en una de sus primeras obras como novelista.



Es en el interior de la familia donde encontramos la primera ocasión de relacionarnos y resolver situaciones conflictivas que nos preparan para, en el futuro, ubicarnos en un núcleo social. Por eso los niños que tienen hermanos están muy entrenados cuando empiezan la escuela, más adelante el liceo, la universidad, la vida laboral y un proyecto de vida propio.








[1] Ludwig von Bertalanffy (1901-1972). Biólogo y filósofo austríaco. Fue uno de los primeros en tener una concepción sistemática y totalizadora de la biología organicista, por considerar al organismo como un sistema abierto en constante intercambio con otros sistemas circundantes por medio de complejas interacciones.

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