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Amoris laetitia: la alegria del amor

A. Compartimos “pepitas de oro” de Francisco en su documento “Amoris Laetitia”. Son consejos muy buenos para la vida diaria de los matrimonios. 

Por ejemplo, nos transmite una propuesta para ahorrarse malos ratos en el matrimonio: consiste en dedicar tiempo de calidad al otro: "tiempo para dialogar, para abrazarse sin prisa, para compartir proyectos, para escucharse, para mirarse, para valorarse, para fortalecer la relación”. 

Surgen problemas cuando exigimos que las relaciones sean celestiales o que las personas sean perfectas, o cuando nos colocamos en el centro y esperamos que sólo se cumpla nuestra voluntad. Entonces, todo nos impacienta, todo nos lleva a reaccionar con agresividad. 


Si no cultivamos la paciencia, siempre tendremos excusas para responder con ira. Cualquier error o caída del cónyuge puede dañar el vínculo amoroso y la estabilidad familiar. El problema es que a veces se le da a todo la misma gravedad, con el riesgo de volvernos crueles ante cualquier error y podemos convertirnos en personas que no saben convivir, incapaces de postergar los impulsos. La vida familiar puede convertirse en un campo de batalla. 


Nos olvidamos de que los defectos son sólo una parte, no son la totalidad del ser del otro. El otro no es sólo eso que a mí me molesta: es mucho más que eso. Por esa misma razón, no le exijo que su amor sea perfecto. Me ama como es y como puede, con sus límites. Pero que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o que no sea real. Es real, pero limitado y terreno como el nuestro.


Por eso, si le exijo demasiado, me lo hará saber de alguna manera, ya que no podrá ni aceptará jugar el papel de un ser divino ni estar al servicio de todas mis necesidades. El amor convive con la imperfección, la disculpa, y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado.


B. A lo largo de "Amoris Laetitia”, el Papa Francisco comparte consejos muy buenos para la vida diaria de los matrimonios. Cuando propone una buena estrategia para hablar de temas difíciles, sus palabras son “pepitas de oro”. 

Compartimos algunas:

1.    la mayoría de las veces se discute por cuestiones pequeñas. La clave está en "el modo de decir las cosas o la actitud que se asume en el diálogo”
2.    intentar comprender la debilidad ajena y trata de buscarle excusas a la otra persona
3.    reconocer los malos sentimientos que van surgiendo y relativizarlos para que no perjudiquen la comunicación

4.    expresar lo que uno siente sin lastimar ni utilizar un lenguaje moralizante que sólo consigue agredir, ironizar, culpar, herir

5.    plantear los propios reclamos pero sin descargar la ira como forma de venganza 

6.    propone "dar importancia real al otro, interpretar el fondo de su corazón, detectar lo que le apasiona, y tomar esa pasión como punto de partida para profundizar en el diálogo”

7.    dar menos peso a los defectos, porque son sólo una parte de la otra persona.


 "Es bueno darse siempre un beso por la mañana, bendecirse todas las noches, esperar al otro y recibirlo cuando llega, tener alguna salida juntos, compartir tareas domésticas. Pero al mismo tiempo es bueno cortar la rutina con la fiesta, no perder la capacidad de celebrar en familia, de alegrarse y de festejar las experiencias lindas”. 


C. Es posible vivir el perdón.

El estado de enamoramiento inicial en el matrimonio, encandila y hace menospreciar aspectos que pueden ser importantes para la futura convivencia. No es menos cierto que todo ser humano tiene una capacidad plena de amar a toda persona y de resolver, si se lo propone, cualquier conflicto.

El clásico argumento de “es que yo no conocía este aspecto de tu personalidad”, no es razón ni justificación para acciones irracionales, violentas o que causen alguna forma de daño al otro. Somos seres en permanente estado de cambio y es lógico que en ocasiones alguno de estos cambios sea causa de conflictos reales o infundados. 

Cuando hemos sido ofendidos o desilusionados, el perdón es posible y deseable, pero nadie dice que sea fácil. Exige una pronta y generosa disponibilidad a la comprensión, la tolerancia, la reconciliación. Jamás se debe reaccionar en estado de alteración, ni siquiera cuando uno se siente herido. Es mejor callar, evitar gestos desagradables o de reproche, para dar y darse un tiempo (a veces días). Luego, crear la situación y el momento que permita tratar de resolver el problema. Sólo entonces, cuando estamos sin acaloramientos, es posible mostrar al otro nuestras legítimas preocupaciones y el efecto que nos ha producido alguna herida que consideramos injusta.


Cuando es necesario discutir o entablar una conversación franca y honesta sobre materias sensibles, es indispensable mantener la mínima prudencia de realizarlo en la forma, el lugar y el momento adecuado para tener la tranquilidad necesaria que permita arribar a destino.
El sentido común recomienda poner seriedad al asunto y demostrar la preocupación con afecto. Plantear serenamente la inquietud y el deseo de conversarlo con tranquilidad. Para ello ofrecer una invitación a un lugar especialmente grato. El día elegido preocuparse de recordar al otro que “saldrán a comer” (o a la actividad elegida).


Luego, hablarlo todo pero con prudente afecto, cuidando de no herir en nada y que las razones de ambos logren ser planteadas con la tranquilidad y confianza necesaria. Esta estrategia no es una guerra por lo que no debe haber un solo ganador. Ambos deberán ceder en algo para alcanzar un feliz acuerdo. 



D. La paciencia y la valoración del otro.

La palabra «amor», una de las más utilizadas aparece muchas veces desfigurada. El amor matrimonial es un camino de fidelidad y poco se habla de que para ello, hay que estimularlo, hacerlo crecer, consolidarlo e ir profundizando en sus potencialidades.

¿Cómo conseguirlo? 

En lo concreto de cada día. En la cotidianeidad hay mil ocasiones de ejercitar hábitos de paciencia, algo muy necesario para el crecimiento del amor. La paciencia no es una postura pasiva: está acompañada por la acción, la reacción dinámica y creativa ante los demás. 

El amor se beneficia de esa actitud creativa que promueve al otro, sin medir ni reclamar pagos. 

Otro hábito muy interesante para consolidar el amor inicial que lleva al matrimonio -una vez que va apagándose la efervescencia romántica- es una sentida valoración del otro evitando el malestar por sus logros y éxitos: ¡son de los dos! Si damos lugar a la envidiaes porque nos centramos en
nuestro yo.  El verdadero amor es justamente salir de mi mismo y centrame en el otro: ¿qué puedo hacer, decir para que sea más feliz?





E. La amabilidad

Recordemos lo dicho por el Papa Francisco sobre la palabra “amor”: “Es una de las más utilizadas y sin embargo aparece muchas veces desfigurada”.


El amor matrimonial es un camino de fidelidad y felicidad si se estimula, si se lo hace crecer y va consolidándose, profundizando en sus potencialidades ¡que son tantas!... ¿Cómo conseguirlo? En lo concreto de cada día.

 
En la cotidianeidad de un matrimonio hay mil ocasiones de ejercitar hábitos positivos. Hoy hablamos de la amabilidad, esa cualidad de mostrarse de tal manera al otro que le sea fácil querernos.


La amabilidad en la vida diaria incluye no actuar con rudeza, la cortesía, en el trato mutuo aunque pasen los años y facilita la ternura en este mundo individualista y en cierto modo desamorado.

La amabilidad «es una escuela de sensibilidad y desinterés». Exige «cultivar la mente y los sentidos, aprender a sentir, hablar y, en ciertos momentos, a callar».



Ser amable es una exigencia irrenunciable del amor matrimonial: «todo ser humano está
obligado a ser afable con los que lo rodean» y más en la convivencia familiar. Supone entrar cada día, «en la vida del otro con la delicadeza de una actitud no invasora, que renueve la confianza, el respeto, la libertad y la capacidad de esperar que el otro abra la puerta de su corazón». 

Estas actitudes disponen a un verdadero encuentro con una mirada recíproca amable. Esto es imposible cuando reina el pesimismo que destaca defectos y errores ajenos. Ejercitarnos en una mutua mirada amable permite que no nos detengamos tanto en sus límites, y lograr unirnos en un proyecto común, aunque seamos diferentes.
                                                                                  
Ayuda y mucho a construir el tan necesario sentido de pertenencia sin el que no puede sostenerse una entrega fiel, sino que cada uno termina buscando sólo su conveniencia. La convivencia se torna “espesa” y a veces imposible.


F. El amor lo disculpa todo.

Otra “pepita de oro” de Francisco es aquella en que comenta el contenido de la frase “el amor lo disculpa todo, no tiene en cuenta el mal”.

Y completa esa idea con otras frases que recalcan con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo: “el amor todo lo cree, todo lo espera, soporta todo”. ¿Todo? Sí, TODO.

“No tener en cuenta el mal”, puede interpretarse, sin tergiversar el contenido, como «guardar silencio» sobre lo malo que puede haber en otra persona., limitar el juicio sobre su modo de ser o sus actitudes, contener la inclinación a lanzar una condena dura e implacable.
 

El intento de dañar la imagen del otro es un modo de reforzar la propia, de descargar los rencores y envidias sin importar el daño que causemos. Muchas veces se olvida de que la
difamación puede ser una seria ofensa a Dios, cuando afecta gravemente la buena fama de los demás, ocasionándoles daños muy difíciles de reparar.

Los esposos que se aman y se pertenecen, hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores. En todo caso, guardan silencio para no dañar su imagen. No es sólo un gesto externo: brota de una actitud interna. No se trata de la ingenuidad de no ver las dificultades y los puntos débiles de otra persona, sino la amplitud de miras de quien coloca esas debilidades y errores en su contexto: esos defectos son sólo una parte, no son la totalidad de su ser persona. Un hecho desagradable en la relación, no es la totalidad de esa relación.
 
 
Si lo pensamos despacio aceptamos con sencillez que todos somos una compleja 

combinación de luces y de sombras. El otro no es sólo eso que a mí me molesta. Es mucho más que eso. Por la misma razón, no le exijo que su amor sea perfecto para valorarlo. Me ama como es y como puede, con sus límites, pero que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o que no sea real. Es real, pero limitado y terreno como el mío. Por eso, si le exijo demasiado, me lo hará saber de alguna manera, ya que no podrá ni aceptará jugar el papel de un ser divino ni estar al servicio de todas mis necesidades.
 

El amor convive con la imperfección, la disculpa y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado. El amor verdadero “no tiene en cuenta el mal”, intenta dialogar con paz para ayudar a solucionarlo. 

Otra “pepita de oro” de Francisco es aquella en que comenta el contenido de la frase “el amor lo disculpa todo, no tiene en cuenta el mal”.

Y completa esa idea con otras frases que recalcan con fuerza el dinamismo contracultural del amor, capaz de hacerle frente a cualquier cosa que pueda amenazarlo: “el amor todo lo cree, todo lo espera, soporta todo”. ¿Todo? Sí, TODO.

“No tener en cuenta el mal”, puede interpretarse, sin tergiversar el contenido, como «guardar silencio» sobre lo malo que puede haber en otra persona., limitar el juicio sobre su modo de ser o sus actitudes, contener la inclinación a lanzar una condena dura e implacable.
 

El intento de dañar la imagen del otro es un modo de reforzar la propia, de descargar los rencores y envidias sin importar el daño que causemos. Muchas veces se olvida de que la
difamación puede ser una seria ofensa a Dios, cuando afecta gravemente la buena fama de los demás, ocasionándoles daños muy difíciles de reparar.

Los esposos que se aman y se pertenecen, hablan bien el uno del otro, intentan mostrar el lado bueno del cónyuge más allá de sus debilidades y errores. En todo caso, guardan silencio para no dañar su imagen. No es sólo un gesto externo: brota de una actitud interna. No se trata de la ingenuidad de no ver las dificultades y los puntos débiles de otra persona, sino la amplitud de miras de quien coloca esas debilidades y errores en su contexto: esos defectos son sólo una parte, no son la totalidad de su ser persona. Un hecho desagradable en la relación, no es la totalidad de esa relación.
 
 
Si lo pensamos despacio aceptamos con sencillez que todos somos una compleja 

combinación de luces y de sombras. El otro no es sólo eso que a mí me molesta. Es mucho más que eso. Por la misma razón, no le exijo que su amor sea perfecto para valorarlo. Me ama como es y como puede, con sus límites, pero que su amor sea imperfecto no significa que sea falso o que no sea real. Es real, pero limitado y terreno como el mío. Por eso, si le exijo demasiado, me lo hará saber de alguna manera, ya que no podrá ni aceptará jugar el papel de un ser divino ni estar al servicio de todas mis necesidades.
 

El amor convive con la imperfección, la disculpa y sabe guardar silencio ante los límites del ser amado. El amor verdadero “no tiene en cuenta el mal”, intenta dialogar con paz para ayudar a solucionarlo.


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